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03-09-2017
"Arte y locura"
José Osvaldo Rondán

Bota y rebota La nave de los locos que han sido desterrados, ahí dentro los echaron a todos, anónimos y vagabundos errarán aunque encuentren puerto porque las gracias que nos contaron sobre el Renacimiento no fueron para ellos. El hombre como medida de todas las cosas en los siglos XV y XVI es brillante, genio, es Leonardo, productivo y colmado por la creatividad y la belleza; sí, no es para todos.

Los locos no son ese hombre medida, son menos que hombres, herederos de la marginación antes ocupada por la lepra que desaparece gradualmente de todo Occidente al final del Medioevo, son el contenedor de la disminución y el asco. Zarpa La nave de los locos, el mástil se les convirtió en árbol, un absurdo que remata con una lechuza en lo alto de su follaje y observa atenta la escena pintada por El Bosco: ausentes de su rededor cantan en coro la monja, el franciscano y los vagos al burdo alimento que cuelga a un palmo de narices de cada uno,  todas miradas cortas, da igual, no hay un porvenir que ofrezca algo mejor, el bufón bebe con un gesto patético de consagración al cubo de agua, última posesión que le queda y llaman la atención dos apéndices del navío: uno sube, puñal en ristre, en pos de dos peces cruel o irónicamente sujetos al mástil; el otro, vomita excesos desde la proa.

Yo los acompaño, por supuesto, si por mí están ahí ¿cómo habría de abandonarlos?  Voy con ellos y con toda la historia del arte, soy la musa que no quieren en Tracia, la apestada y negada, desterrada del Parnaso pero no por ello menos prolífica, al contrario ¿no es por mi influjo que ya desde el siglo V a.C. Áyax y Hércules sirvieron a las tragedias de Sófocles y Eurípides, el primero matando a un hato de reses, el segundo, ahí si no me medí, a toda su familia?

 A mí  deben la construcción del puente entre Impresionismo y Expresionismo que es Vincent Van Gogh, muy superior para la tendencia de la etapa final del siglo XIX. Sí claro, acepto que por mí se rebanó parte de la oreja, justo después del abandono intempestivo del pintor francés Gaugin, a quien creía su amigo y mientras vivieron juntos en Arles, toleraba pese a sus hostigamientos constantes para que fuera más moderado en su técnica, más pulcro con sus materiales, más ordenado en la casa amarilla de Place Lamartine, de haber obedecido, de haberlo dejado yo, antes que Gaugin, Vincent Van Gogh, hoy olvidado, hubiese sido un pintor más del montón. Sí, quizás no se hubiera dado el tiro en el estómago que lo mató al tercer día ¿pero no fue antes de esto que pintó en Auvers-sur-Oise, Campo de trigo con cuervos los místicos trigales de julio con el presagio fúnebre de su suicidio? O para terminar pronto, la famosa Noche estrellada fue pintada en el sanatorio de Saint-Rémy-de-Provence, y ahí nadie entraba sino era con invitación mía.

 El amor que profesó la niña prodigio Clara por el más romántico de todos los músicos alemanes, Robert Schumann, cristalizaba todos los días un poco más durante las oscuras temporadas  depresivas que asolaban al pianista, compositor de 260 lieder donde vertía todo su genio, la ópera Genoveva, cuatro sinfonías, además de editar la Nueva revista de la música donde profetizó el éxito de Chopin, Liszt y su admirado Brahms y escribían Eusebio y Florestan, personajes que inventó con dos facetas de su personalidad, el primero sensible y soñador, el segundo eufórico y polémico. Pero  fue  la Fantasía su mayor muestra de amor y gratitud a ella. Clara, pianista, concertista pero nunca más compositora debido a la imposibilidad evidente al ser madre de siete hijos  -el octavo en camino-  en pleno siglo XIX, aun así se las arreglaba para mantener su carrera a flote después de cumplir su rol como protectora y a veces comparsa de su esposo quien por la mañana de un lunes de 1854 se arrojó al Rin asediado por las voces demoniacas y después de que los pescadores lo rescataran fue derechito a internarse voluntariamente en el psiquiátrico Endenich de donde ya no saldría hasta su muerte dos años más tarde. Agradecidos deberían estar que yo sólo hubiera ido por él y no por ambos cuando tanto espacio tenía bajo mi crespón para Clara quien seguramente, callada, más de alguna vez pidió mi intercesión.

 Yo soy la Locura, enviada para privar de la razón a las víctimas de los encolerizados dioses, como posesión demoniaca en mis orígenes etruscos, después romanos; fui otra diosa con atributos propios y presencia en las fiestas compitales de la antigua Roma, a quien ofrendaban niños, dicen algunos, amapolas cuentan otros. Retratada por el pintor flamenco,  Quentin Massys quien pintara los gestos más ridículos de Amberes, conmigo no hizo excepción y en su Alegoría de la Locura me coronó con dos prietas orejas de asno, una nariz larga y ganchuda como máscara veneciana, selló mis labios con mi propio dedo índice y ciñó lo que su estrecha generosidad me dibujó por cintura con un fajo rojo de cascabeles como los que lleva prendidos también, El loco en el Tarot de Marsella. Massys incrustó justo en mi frente ese talismán medieval que permea las cabezas sanas y debía extraerse con el no tan sofisticado pero directo método de trepanación, la piedra de la locura como cápsula potente y pequeña en la que me metieron al revocarme el médico Galeno mi condición de diosa para conceptualizarme como enfermedad. Y ahí tienen a todos los médicos y charlatanes de las pinturas flamencas haciendo incisiones en el cráneo de los locos para extraerles la piedra o la flor, según El Bosco, de la locura. Campea la escena en los cuadros de  Jan Steen, Pieter Huys y el más impresionante por explícito, de Jan Sanders Van Hemessen.   

En el siglo XVII ya cundía la idea de mi condición como enfermedad del cerebro y fue en España donde, por dormir poco y leer mucho, se secó el de un hidalgo de la Mancha quien olvidó casa, hacienda, tierras, época y enchuecó todo su juicio para poder convertirse en caballero y delirar el trayecto en el que nos burlaríamos él y yo de los cantares de gesta, de España, de la razón misma en su versión política, de la moral en su versión injusta y de la belleza en su versión fea. Yo retorcida sobre la bacía del barbero que Don Quijote creyera el mítico Yelmo de Mambrino, él sobre el legendario Rocinante, ambos muy por encima del simplón pero fiel escudero cuya adhesión al Quijote me abrió las puertas generosamente para secarle el cerebro cuando su amo curó el propio como el mejor cierre posible que pensó Cervantes para su obra.

Todavía en España, dos siglos después, a la búsqueda de mi génesis añadieron a los cerebros insanos planteamientos moralistas, dotándome no sólo de caminos orgánicos para llegar a las mentes de las personas sino también morales y sociales, así podía manifestarme con todas mis brumas a consecuencia de fallas físicas o por la puerta de vicios, malas compañías, pasiones del alma, herejía y miseria, temas predilectos de Francisco de Goya, afecto a todo lo perturbador no dudó en pintar estas nuevas causas de la locura en sus óleos Manicomio y Corral de locos ambos paisajes de cómo estas creencias médicas influyeron en las reformas del tratamiento manicomial con la hostilidad por delante contra los pacientes.

Y aún más que Goya quien buscaba preservar paisajes reales en su crudeza, Géricault pudo aproximarse más a mí y buscó en los gestos,  las miradas perdidas, la ausencia en los semblantes de sus modelos residentes del manicomio de la Salpêtrière hasta encontrarme. Al finalizar el siglo XIX, el nuevo milenio nos restó reinos a mí y a la belleza, a mis terrenos le aparecieron candados cuando la psicología clínica determinó que lo anómalo no era patológico y menos locura pues anómalos fueron desde Mozart y Rimbaud, prodigios de su tiempo, hasta el hijo del vecino. Cuando creía limitado mi imperio a las pequeñas pero notables parcelas de la irracionalidad, el peligro y la disfuncionalidad, resulta que la belleza comenzó a percibirse excluyente y elitista hasta perder su domino totalitario en el arte, imperaron entonces los conceptos cuya constitución intelectual no admitía otro calificativo que lo interesante, vaya paradoja al resultar la locura, la irracionalidad, un concepto de lo más interesante. Fundaba yo nuevos reinos, ahora desde la retórica y el arte, de ninguna otra manera mejor ejemplificada que con el llamado Art Brut término francés del pintor y escultor Jean Dubuffet quien creía más auténtico y creativo el arte no contaminado de los enfermos mentales y los aficionados que el de los propios artistas.

Y es así desde mi nuevo rostro de impulso creativo que me volví interesante, cayeron mis arraigados cuernos de demonio y me abrazaron por interesante, desde la locura que inspira a escribir sus obras a Virginia Woolf para después dictarle su nota de suicidio, la locura romántica frenética que compone e interpreta la Quinta Sinfonía desde un obsesivo Beethoven que deja el alma y la razón en cada pieza compuesta, la locura que hace del País de las Maravillas esa sopa de mercurio como el que usaban los sombreros para confeccionar y después terminaba por volverlos locos; la locura de Nietzsche, de Inés Arredondo, de Poe. Mi cara retórica y atractiva pues. Finalmente la locura real, la de las calles, la del enfermo, la de los otros, sigue vista desde la distancia y cierta marginación silenciosa, como al principio en el navío de los locos que se pierde en el horizonte. 

 

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