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13-08-2017
"Elegancia contra políticos "
José Osvaldo Rondán

#ElCatrín

¡Ay! Cuánta vanidad ha soportado el arte a lo largo de la historia ¿Por qué nos resulta tan chocante la relación entre el mitológico Diego Rivera y la ex dirigente magisterial Elba Esther Gordillo?;  ¿la del pintor colombiano Fernando Botero (ese que irónicamente pinta gordos) con el ex gobernador veracruzano Javier Duarte?; ¿o incluso, la campeona decoración de Los Pinos con obras de 32 de los artistas más reconocidos del país, en tiempos en los que era la guarida del ex presidente Carlos Salinas de Gortari?

Vayamos por partes, la elegancia es el único atributo de la inteligencia que podemos presumir en las fotografías, en la era de los selfies y el Facebook, donde el reflejo ya no nos lo da el espejo, sino los otros, esto puede llegar a convertirnos en referentes,  en los portadores de la capacidad para hacer las mejores elecciones (la raíz latina de la palabra elegancia se vincula con la palabra elección).

Si lo vemos desde el tablero político donde demostrar que se es capaz de realizar buenas elecciones, paradójicamente ante el electorado, se convierte en el  objetivo de las campañas y los discursos: la elegancia en política se capitaliza.

Imaginemos la elegancia como a El Catrín de la lotería que ataviado con un smoking negrísimo nos mira con una impasible sonrisa, ese que desde pequeños nos ha dotado de una idea próxima de lo que es una persona elegante. En política, él es convocado todo el tiempo.

 Javier Duarte llamaba a El Catrín cuando usaba los recursos públicos de Veracruz para ¡decorar! su rancho El Faunito con obras de Botero, Joan Miró, David Alfaro Siqueiros y Leonora Carrington. Pero la corrupción de este sujeto fue tan grande que incluso salió del círculo político de fuego para contaminar el del aíre, donde reposan el arte y las ideas: estas obras terminaron embaladas en una bóveda en la Fiscalía de Veracruz, a la espera de un destino peor, pues el actual gobernador Miguel Ángel Yunes busca echarles el colmillo para meterlas en, la también decomisada, casa de Tlacotlalpán y erigir así un execrable museo en donde ¿qué escancia cree usted, que pueda llegar a sentirse ahí?

Un caso menos obsceno por ser más hipócrita, era el de la colección de pintura en Los Pinos en tiempos del presidente Carlos  Salinas de Gortari, obtenida de una criticada recolección hecha  por personal técnico del Centro Nacional de Conservación y Registro del Patrimonio Artístico Mueble, del Instituto Nacional de Bellas Artes al Museo Carrillo Gil, en la que removieron “El retrato de un poeta” de Diego Rivera y “Cabeza de caballo” de Siqueiros. La colección contaba con tres decenas más de cuadros de pintores de “La Ruptura” como Soriano, Rojo y  Felguérez, según reportó La Jornada en 2007.

Y otra más que quiso bailar con El Catrín fue la maestra Gordillo, desde que se vestía por la mañana con vestidos de la boutique Roberto Cavalli, Louis Vutton, Prada, Chanel  y zapatos Jimmy Choo, hasta su inversión de 30 millones de dólares en obras de arte que  formaron parte de un juicio civil en su contra. De esta trama una anécdota llena de ironías, de esas que le gustan al diablo, gira en torno al mural realizado por Diego Rivera para Rockefeller en Nueva York, mismo que no fue concluido porque, ironía número uno, tenía referencias comunistas, y cuyas seis secciones se habían mantenido en Estados Unidos, hasta que la maestra las compró, ironía número dos, y se trajeron a México, se las incautaron tras su arresto y el suceso cristalizó en una pequeña batalla cultural ganada contra el gigante del arte.

Afortunadamente El Catrín es selectivo, con ese monóculo de cristal cortado en círculo, reconoce a los farsantes y caprichosos: si la idea de elegancia con la que quieren alhajarse públicamente, no embona con su comportamiento en lo privado respecto a lo público, los exhibe. Ese es el gran golpe que El Catrín da con su guante blanco, véanlo bien, lo tiene desenvainado. Procuradurías y Fiscalías perderán todas las batallas en los tribunales, pero El Catrín, la crítica, el gusto, siempre estarán por encima de la impunidad.

Entendamos algo antes de que nos suceda igual, aquí  la lectura es incorrecta, esa postura cómoda de asociar lo bello con la idea del bien, lejos de realzar la conducta ética, tomó la parte decorativa que existe en la belleza para transformar a la ética en un elemento de simple ornato en el aparador,  celebremos que aún existen celadores como El Catrín. 

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